domingo, 15 de julio de 2012

"Payasos y Saltamontes": Delirios de una noche de cama compartida


Cuando se despertó  eran las 11:00 de la mañana. La lluvia se hacía sentir por la ventana, la habían vivido durante la madrugada, Rodríguez abrió los ojos y se encontró solo en su cama, miró a su alrededor y no vio rastro de su acompañante circunstancial, en ese momento sentía que era una más de esas noches furtivas y comunes en que su acompañante se retiró sin dejar rastro, ni siquiera dar el "beso de despedida". El olor a su perfume  se esparcía por toda la cama, su cuerpo era una mezcla de olores, entre su perfume natural y el de ella, la amalgama de sabores se podía oler en toda la habitación, no intentó cuestionar la abrupta despedida, el irse sin dejar rastro. Sólo intentaba recolectar en su mente los momentos vividos durante la noche, esbozaba una sonrisa al recordar el periplo desde el sillón hasta su cama, cuando de pronto escucha un ruido, despacio se levanta de su cama y ve unos jean tirados en el piso, más allá una zapatilla de mujer, en medio  una polera, un verdadero campo de batallas un claro ejemplo que la noche, que no terminaba aún, habría librado una contienda en la que se fundieron dos cuerpos, tal vez, hasta sus almas, en ese momento se dio cuenta que no estaba sólo, que la noche continuaba y la lluvia seguía vigilante por la ventana.
Se asoma lentamente tratando de no intimidar a su huésped especial, cuando tiene en frente su cocina, ve una de las imágenes más idílicas que siempre imaginó y que esperaba le sucediera en alguna vez, aunque fuera uno de sus encuentros ocasionales, sin embargo, jamás pasó. Por la pequeña apertura de la puerta mira a Cavaletta que está con la polera que él llevaba la noche anterior, era un cumulo tremendo de sensaciones que logran pasar por su mente en ese instante, desde el fetiche que era esa prenda -la había comprado en Sevilla, llevaba el rostro de Joaquín Sabina con una leyenda que decía: “El azar puede jugar también su papel”- la precisión alcanzada era tremenda, además, lo idílico radica en que siempre imaginó un momento como aquel donde ella, que pudiese ser cualquiera, se levantará, se pusiera su polera e hiciera café. No tenía un protocolo para esa situación, si bien es cierto la imaginó muchas veces, no esperaba que fuera Cavaletta quien le regalara ese momento. Eso le entrega un grado de perfección formidable. Se acerca y la sorprende, el mío doble café y una de azúcar”. Ella esperaba sorprenderlo aún acostado, cuando ve que solo lleva su parte de abajo del pijama, se ríe, en un tono irónico le dice: "tampoco encontré mi polera, pero esta me queda excelente"
Había que romper lo que para Rodríguez era, de manera impensada, un momento incomodo. No sabía si besarla, solo recibir el café, buscar una polera, algo tenían que hacer.
Cavaletta mostraba mayor naturalidad en ese aspecto, es ella que se acerca, le besa y le entrega el café, con un tierno: "espero que te guste, es el primero que te hago" Con eso guía a que la siga hasta la habitación, Rodríguez, debía responder con algún gesto de la misma índole, algo que mostrara que para él tampoco había terminado la noche.
Afuera la lluvia al menos les entregaba un buen pretexto para no salir. Mientras ella se metía en la cama e intentaba ordenar ese espacio que había cobijado la noche de pasión que no quería terminar, él preparaba algo de música,  tenía cierto dominio en eso, de hecho, cuando llegaron a la habitación a mitad de la noche, en medio de ese fuego que despertaban los labios de Cavaletta, se las ingenio para hacerlo, no descuido ninguno de sus dos propósitos: desvestir con la suavidad que se merecía su compañera y que el momento ameritaba, requería esa pasión necesaria como antesala del fulgor que derrocharían sobre las sabanas, las que esa noche se estrenaban como campo de batalla entre la pasión y la mesura. Mientras su mano derecha recorría el cuerpo de Cavaletta, sus labios bajaban con la lentitud precisa por el cuello, hasta posarse de manera lenta en sus labios, con un pequeño instante de relajo en sus mejillas, su mano izquierda se encargaba de ambientar con buen jazz toda la velada, la luz de la noche  que entraba como espectador por la ventana, hicieron de ese momentos algo idílico.   Ninguno se ocupo de la hora, estaban dispuestos a disfrutar ese momento. Como la primera vez que se encontraron: no tenían certeza de volverse a ver.
El juego continuó en medio de jazz y el agua que bajaba por la Avda. que como un río desbocado, un torrente que no cesaba y se hacía más  intenso en cada beso. Los truenos eran la lumbre que mostraba los rostros apasionados de estos amantes furtivos, pareciera que existió una coordinación perfecta e idílica, al sonar de cada relámpago se hacía más alta la temperatura, las bocanadas de aire que cada uno absorbía como refugio de salvación y latente respiro para seguir, eran constantes, esos cuerpos estaban fundidos en sudor y pasión. Ella le mostro cada parte de su cuerpo para ser recorrido con sus temblorosas manos, el éxtasis era total en esos dos amantes, juntaron sus amores frustrados, fantasías inconclusas, deseos reprimidos para no ser entregado con la facilidad que entrega una noche de camas compartidas.  

2 comentarios:

  1. ¡Exquisito! hermoso relato amigo, sugerente, delicado y con la dosis exacta de erotismo. ¡Simplemente sublime! Un abrazo.

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  2. Realmente es exquisito! Y son esas cosas que suceden, esa libertad, esa sincronía que tienen dos personas que se aman sin saber si esa será la última vez. Cuando el pudor se queda a los pies de la cama se hace poesía, en este relato la consigo.
    Un abrazo.

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