Cuando se despertó
eran las 11:00 de la mañana. La lluvia se hacía sentir por la ventana, la
habían vivido durante la madrugada, Rodríguez abrió los ojos y se encontró solo
en su cama, miró a su alrededor y no vio rastro de su acompañante
circunstancial, en ese momento sentía que era una más de esas noches furtivas y
comunes en que su acompañante se retiró sin dejar rastro, ni siquiera dar el "beso
de despedida". El olor a su perfume se
esparcía por toda la cama, su cuerpo era una mezcla de olores, entre su perfume
natural y el de ella, la amalgama de sabores se podía oler en toda la
habitación, no intentó cuestionar la abrupta despedida, el irse sin dejar
rastro. Sólo intentaba recolectar en su mente los momentos vividos durante la
noche, esbozaba una sonrisa al recordar el periplo desde el sillón hasta su
cama, cuando de pronto escucha un ruido, despacio se levanta de su cama y ve
unos jean tirados en el piso, más allá una zapatilla de mujer, en medio una polera, un verdadero campo de batallas un
claro ejemplo que la noche, que no terminaba aún, habría librado una contienda
en la que se fundieron dos cuerpos, tal vez, hasta sus almas, en ese momento se
dio cuenta que no estaba sólo, que la noche continuaba y la lluvia seguía
vigilante por la ventana.
Se
asoma lentamente tratando de no intimidar a su huésped especial, cuando tiene
en frente su cocina, ve una de las imágenes más idílicas que siempre imaginó y
que esperaba le sucediera en alguna vez, aunque fuera uno de sus encuentros
ocasionales, sin embargo, jamás pasó. Por la pequeña apertura de la puerta mira
a Cavaletta que está con la polera que él llevaba la noche anterior, era un
cumulo tremendo de sensaciones que logran pasar por su mente en ese instante,
desde el fetiche que era esa prenda -la había comprado en Sevilla, llevaba el
rostro de Joaquín Sabina con una leyenda que decía: “El azar puede jugar también su papel”- la precisión alcanzada era
tremenda, además, lo idílico radica en que siempre imaginó un momento como
aquel donde ella, que pudiese ser cualquiera, se levantará, se pusiera su
polera e hiciera café. No tenía un protocolo para esa situación, si bien es
cierto la imaginó muchas veces, no esperaba que fuera Cavaletta quien le
regalara ese momento. Eso le entrega un grado de perfección formidable. Se
acerca y la sorprende, “el mío doble café
y una de azúcar”. Ella esperaba sorprenderlo aún acostado, cuando ve que
solo lleva su parte de abajo del pijama, se ríe, en un tono irónico le dice: "tampoco encontré mi polera, pero esta me
queda excelente"
Había
que romper lo que para Rodríguez era, de manera impensada, un momento incomodo.
No sabía si besarla, solo recibir el café, buscar una polera, algo tenían que hacer.
Cavaletta
mostraba mayor naturalidad en ese aspecto, es ella que se acerca, le besa y le
entrega el café, con un tierno: "espero
que te guste, es el primero que te hago" Con eso guía a que la siga hasta
la habitación, Rodríguez, debía responder con algún gesto de la misma índole,
algo que mostrara que para él tampoco había terminado la noche.
Afuera
la lluvia al menos les entregaba un buen pretexto para no salir. Mientras ella
se metía en la cama e intentaba ordenar ese espacio que había cobijado la noche
de pasión que no quería terminar, él preparaba algo de música, tenía cierto dominio en eso, de hecho, cuando
llegaron a la habitación a mitad de la noche, en medio de ese fuego que
despertaban los labios de Cavaletta, se las ingenio para hacerlo, no descuido
ninguno de sus dos propósitos: desvestir con la suavidad que se merecía su
compañera y que el momento ameritaba, requería esa pasión necesaria como
antesala del fulgor que derrocharían sobre las sabanas, las que esa noche se
estrenaban como campo de batalla entre la pasión y la mesura. Mientras su mano
derecha recorría el cuerpo de Cavaletta, sus labios bajaban con la lentitud
precisa por el cuello, hasta posarse de manera lenta en sus labios, con un
pequeño instante de relajo en sus mejillas, su mano izquierda se encargaba de
ambientar con buen jazz toda la velada, la luz de la noche que entraba como espectador por la ventana,
hicieron de ese momentos algo idílico. Ninguno
se ocupo de la hora, estaban dispuestos a disfrutar ese momento. Como la
primera vez que se encontraron: no tenían certeza de volverse a ver.
El
juego continuó en medio de jazz y el agua que bajaba por la Avda. que como un
río desbocado, un torrente que no cesaba y se hacía más intenso en cada beso. Los truenos eran la
lumbre que mostraba los rostros apasionados de estos amantes furtivos,
pareciera que existió una coordinación perfecta e idílica, al sonar de cada
relámpago se hacía más alta la temperatura, las bocanadas de aire que cada uno
absorbía como refugio de salvación y latente respiro para seguir, eran
constantes, esos cuerpos estaban fundidos en sudor y pasión. Ella le mostro
cada parte de su cuerpo para ser recorrido con sus temblorosas manos, el
éxtasis era total en esos dos amantes, juntaron sus amores frustrados,
fantasías inconclusas, deseos reprimidos para no ser entregado con la facilidad
que entrega una noche de camas compartidas.
¡Exquisito! hermoso relato amigo, sugerente, delicado y con la dosis exacta de erotismo. ¡Simplemente sublime! Un abrazo.
ResponderEliminarRealmente es exquisito! Y son esas cosas que suceden, esa libertad, esa sincronía que tienen dos personas que se aman sin saber si esa será la última vez. Cuando el pudor se queda a los pies de la cama se hace poesía, en este relato la consigo.
ResponderEliminarUn abrazo.