El
Liceo donde curse mi Enseñanza Media, era con “números”, no gozaba de buen
prestigio en lo absoluto, era de los más antiguos de la zona y por el pasaron
innumerables niños/as con ganas de cambiar la cara al destino, el 95%
proveníamos de barrios marginales, jamás se escuchó hablar de algún alumno/a de
excelencia o hijo/a ilustre, o condecorado/a dentro de la zona, claro que
habían egresado varios/as alumnos/as que eran profesionales o tenían buenos
puestos de trabajo en las empresas de la zona o emigraron a la Gran Capital,
pero dentro de su palmares pareciera que no gozaba, como otros colegios, de
haber tenido entre sus aulas algún/a prestigioso/a estudiante. Muchos/as
otros/as eran simples obreros, otros tantos habían realizado un largo periplo
por centros de detención de la zona, y quizás cuantos murieron en el intento de
cambiar su lastre. En fin, era la composición de mi Liceo, en que cada cual
tenía la obligación de cambiar la historia, si es que esto era considerado
necesario.
Estábamos
en plena época del noventa, en medio del segundo Gobierno elegido
democráticamente luego de diecisiete años de Dictadura feroz, si bien es
cierto, viví esa época de represión, no fue de manera directa, años más
tarde me vine a dar cuenta de los horrores cometidos durante esos años, mis
padres, por temor tal vez, jamás siendo pequeño me comentaron algo al respecto.
Convivíamos
en mi Liceo tres grandes grupos diferenciados; “la masa” que gozaba con la
“cultura de la cumbia sound” y todos los derivados de aquello, eran los que
estaban a la vanguardia en esos tópicos, que incluían moda, televisión y todo
lo que las bondades del sistema capitalista te podría ofrecer, sobre todo
considerando la apertura económica que Chile vivía producto del pago de la
deuda social, que inició la Concertación como una manera de paliar las
injusticas cometidas; con ellos convivían “los thrasher” rockeros rudos
empedernidos, en el uniforme se las arreglaban para mostrar alguna prenda
negra, usualmente la mochila tenia calaveras, signos diabólicos, que
evidenciaban su cercanía a ese oscuro mundo, usaban bototos del ejercito dados
de baja, esto era en invierno y verano, no sé realmente si todos ellos vivían
acorde a la música que escuchaban, pero sus aspecto de rudeza impecable,
atemorizaba, al menos conmigo sucedía eso. Otro grupo, estaba conformado por
los “Grunge” teniendo a Kurt Cobain como icono de rebeldía, hacia dos años que
este había decidido quitarse la vida, quedando grabada esa proeza en la vida de
muchos adolescentes que pretendían su rebeldía aparente, no diría que el solo
hecho de su suicidio fue lo que catapultó al éxito a Cobain, sin embargo, es un
elemento importante. La letra de sus canciones mostraban decepción, agobio,
necesidad de romper con un modelo establecido, el uso de drogas lisérgicas,
opiáceos y toda la gama de alucinógenos marcaron su paso por la vida, no fui
muy adicto a su música, no obstante, esa rabia que aparentaba me fascinaba, al
mismo tiempo que le temía, la veía desde lejos, como algo que me gustaría
hacer, pero que dada mi formación personal estaba muy lejos de aquello. No me
desagradaba escucharle, de hecho, lo hacía.
Aparte
de estos tres grandes grupos empezamos hacernos espacio nosotros, “los
altiplánicos”, como un compañero grunge un día nos dijo, fue cómico.
Tuve un
gran compañero de curso, que había vivido en carne propia las injusticias de la
Dictadura. Su
Padre, que tuve la oportunidad de conocer muy bien, y dos de sus hermanos
fueron detenidos y torturados durante 3 meses en “Tejas Verdes”. Con él “Negro
Riquelme” tuve la oportunidad de acercarme a un estilo de música que fuese de
mi agrado, lejos de las guitarras enrabiadas del grunge, o la voz gutural del
thrasher, el teclado insoportable de las cumbias, necesitaba escuchar un sonido
que me agradará, mediante el cual sus exponentes expresaran esa rabia con el
sistema que pensaba. En ese tiempo, Inti-Illimani, Sol y Lluvia, Illapu,
Quilapayun eran los referentes marcados en tanto agrupaciones, Víctor Jara,
Violeta, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, los estandartes de la Trova, sus
letras nos llamaban a la insurrección constante, además, asumí de inmediato un
sentido de pertenencia con todos ellos, sus letras, además, cantaban desde la
la clase obrera, de los pobres, a la cual adscribía
absolutamente. En ese entonces, “Adiós Carnaval”, “la Muralla”, “Vuelvo”,
“Samba-Landó”, “El Cigarrito”, “Volver a los 17”, “La era pariendo”, “Pisaré
las calles nuevamente” se convirtieron en perfectos himnos de rebeldía, de
rabia, eran el bastión de lucha, la banda sonora de nuestros días, cantábamos
cada canción con un desgarro tremendo, como si desde nuestra inocente mirada
estuviésemos gritando al mundo y al Tirano, que estábamos vivos, que éramos
los/as hijos/as de los torturados/as, (no era mi caso, pero tenia una clara
identificación con ellos) los que reclamábamos justicia, que no los dejaríamos
dormir ningún instante sin recordarles que masacraron a nuestro pueblo, que nos
humillaron, pero que de esa miseria nos levantamos para hacer un Chile más
justo y equitativo, abrazamos esas banderas de lucha como nuestras, sin tener
la real certeza de lo que realmente queríamos, pero, el solo hecho de pensarlo
nos hizo dichosos.
A
la música se fueron sumando otros elementos indispensables, como literatura, llegó a mis manos cada cosa “revolucionaria”, que
devoraba como un indigente un plato de comida después de varios días sin comer,
agudicé mis posturas, veía al mundo como una mierda, a los ricos como enemigos,
a los pobres como hermanos. Creo que el cambio fundamental lo realicé cuando
leí por primera vez a Nicanor Parra, “Poemas para combatir la calvicie”
compilación del Poeta Peruano Julio Ortega, ese libro fue el inicio de un
periplo por las obras del anti-poeta, que hasta ahora no termina, amé cada una
de sus letras, su irreverencia, su marginalidad, su inteligencia, su ironía, pasábamos,
con él Negro Riquelme, largas horas conversando sobre música y Parra.
En realidad, hacíamos análisis de su obra sin
tener un conocimiento acabado de la misma, pero, Parra no se enojaría jamás por
eso, de hecho, escribía con ese propósito, nos creíamos intelectuales, e
imitábamos las costumbres de los “viejos comunistas”, tomábamos mate, café, y
nos sentábamos de piernas cruzadas en alguna banca del Liceo, usábamos chalecos
de lana, morrales y cualquier adminiculo que evidenciara lo que era nuestra
marginalidad asumida.
En
los pasillos del Liceo, mirábamos al resto de nuestros compañeros/as, como
gozaban y reían con lo poco que tenían, comentaban los acontecimientos del día,
los partidos de fútbol, y quizás cuantas cosas más.
Hicimos
una buena dupla con “él Negro”. Hasta el día de hoy, de pronto, acordamos
alguna junta y nos bebemos algunas botellas de cervezas y volvemos, cada vez, a
recordar esa época.
En
ese constante descubrir, propio de la vida de un adolescente, se fueron sumando
cada vez más elementos, más literatura, otra música, sin embargo, éramos
siempre, él Negro y yo.
Una
vez, la Profesora de Educación Física no hizo clases, nos fue avisar él
Inspector del Liceo, que ella asumía nuevas funciones en la Dirección del
Establecimiento, a partir de lo cual se estaba esperando la contratación de
un/a nuevo/a Docente, cosa no muy relevante para nosotros/as, puesto que en ese
ramo lo único que hacíamos eran ejercicios y corríamos alrededor del Liceo, tal
vez, lo hacían como una manera de agotar nuestras fuerzas, todos/as aprobábamos
con excelentes notas ese ramo, no tenia un peso relativo en nuestro desempeño,
es más, muchos/as se conseguían certificados para eximirse. Por ese día no
tuvimos clases, quedamos libres, y empezamos a deambular por el patio de Liceo.
Cada cual repetía las rutinas de recreo, esta vez con algo más de tiempo, eran
dos horas pedagógicas las que teníamos de plena libertad, podíamos pasearnos
sin que los Inspectores nos enviaran a la sala, previa notificación en el libro
de clases. Fuimos libres, al menos por ese instantes, recuerdo que esa vez con
él Negro, conseguimos una guitarra, él tocaba, yo apenas podía cantar, pasamos
toda esa hora tratando de entonar los clásicos de la fogatas.
Sui
Generis se sumaba a la parilla musical en ese entonces, con lo depresiva de sus
letras, sumando a la insurrección constantes de los demás artistas que
escuchábamos, pasábamos por un péndulo interesante, tal vez, éramos conscientes
hasta cierto punto de lo que buscábamos, no obstante, gozábamos cada una de las
entonaciones que hacíamos. Éramos rebeldes, hippies modernos, niños intentando
o creyéndonos revolucionarios. Un juego formidable.
En
eso pasábamos nuestros días de estudiantes. Con él Negro teníamos buenas notas,
gozábamos de prestigio dentro del curso, nos gustaba estudiar, en ambos,
nuestros Padres nos enseñaron que la Educación era el único vehículo de
movilidad social, y la herramienta fundamental desde la cual nos debíamos
validar, por tanto, teníamos que empezaren alguna instancia.
Pasaban
los días y nosotros crecíamos más, nos hacíamos más revolucionarios, o eso creíamos.
Llegó
la semana siguiente donde nuevamente teníamos la clase de Educación Física,
habíamos planificado todo un evento, puesto que pensábamos que no tendríamos
clases, sin embargo, estas ideas se vieron truncadas, había llegado él nuevo
Profesor, y debíamos ponernos bajo sus ordenes. Con desgano lo asumimos, a esa
altura encontrábamos innecesaria la clase, no queríamos destacar como
deportistas, por el contrario, nos creíamos intelectuales de las letras: que
imaginación la nuestra!!!
Siguieron
pasando los meses y nosotros crecíamos, estudiábamos, conversábamos,
discutíamos, leíamos mucho, las clases de castellano eran mis favoritas, en
matemáticas me iba excelente, las ciencias eran algo que nunca me gustaron, sin
embargo, cumplía con el esmero acostumbrado.
De
mi parte me fui sumiendo de manera lenta y progresiva en la música de Silvio
Rodríguez, lo escuchaba cada vez más, hacia mía cada una de sus canciones, a
tal punto que pasaron varios meses en que no escuchaba nada más, leía sus
letras, buscaba cada cosa referente a él, analizaba, desde mi corta experiencia,
cada una de sus metáforas, con mis mesadas compraba sus cassettes, sin saber
tocar guitarra, tenia varios cancioneros, que llevaba en mi morral, por si
hacia necesario.
Así,
lleno de cosas, de mundos que compartir, de ambigüedades desconocidas,
aspiraciones de salir de la miseria, de sueños, de utopías, con esos elementos
transcurrían mis días de estudiante.
Las
clases de Educación Física tomaron un ribete diferente, él asumido Profesor, no
era el típico que acostumbramos a tener en esa asignatura, era un tipo joven,
con un aspecto deportista, gozaba de buena fama entre mis compañeras, vestía
siempre ropa ligera, buzo y zapatillas, (claro, correspondía) pero, su diferencia no era eso. Pasaba gran
parte de la clase conversando con nosotros, nos contaba algunas de sus
historias, quizás muchas de ellas fueron ciertas, otras tantas les pasaron a
otros, sin embargo, las contaba como propias y nosotros las asumíamos como tal.
Con
él Negro pasamos a ser habituales contertulios con el “Profe”, él tipo fue ex
alumno de nuestro Liceo, muchos de los Profesores, que ahora son sus colegas,
lo habían tenido como alumno. Era, para mí, algo interesante. Lo veía como un
buen tipo, hasta ese punto un gran referente, que no había encontrado en
otros/as Docentes. Nos contaba historias en los recreos, nos fuimos dando
cuenta que no solo con nosotros conversaba, continuamente se le veía en el
patio del Liceo con grupos de alumnos, usualmente, con los más desordenados.
Estos le tenían respeto y jamás se vio que se sobrepasaran con él. Con el
tiempo fuimos conociendo más del “Profe”, había sido un futbolista amateur
connotado, seleccionado nacional, jugó con varios referentes, que en ese entonces, estaban en el fútbol
profesional. Más tarde se hizo cargo de la Selección del Liceo, con excelentes
resultados, formé parte de ese equipo, que salió Campeón invicto, ganando la
final al Liceo Politécnico, rival por antonomasia. Fue una jornada épica.
Eran
momentos de regocijo, crecimiento, angustias, alegrías, todas esas sensaciones
y emociones se vivían de manera simultánea, éramos un torbellino de eventos que
en nuestras vidas hacían que todo cambiara. Me gustaba eso, trataba de ir
asimilando cada uno de estos eventos.
Pasaban
y pasaban los días, aprendía cada vez más, de todo, materia de clases, música,
poesía, de revolución, leía cada cosas que me llegaba, desechaba con propiedad
todo lo que parecía inútil, absurdo. No tenía pergaminos para hacerlo, pero lo
creía necesario.
Una vez, en el patio de mi Liceo me encuentro
al “Profe”, teníamos hora libre, por tanto, contaba con la libertad de pasearme
sin que me dijeran algo. Lo aborde, con la confianza que creía tener después de
tantas conversaciones. Por esos días estaba súper contento, porque había
comprado mi entrada para ver en vivo a “Los Jaivas”, mi intención era
comentárselo, si bien es cierto, no era un grupo que escuchara mucho, estaba en
el ADN de la canción protesta, por tanto, merecía mi respeto, además, la
emoción era que seria mi primer recital, compré la entrada y había conseguido
el complejo permiso de mis Padres, todo eso significaba que para mí fuera un tremendo
evento, me sentía en ese momento, más revolucionario, más rebelde, era un
insurrecto, de texto tal vez, pero insurrecto al fin y al cabo. Me acerco, y le
saludo. Luego le cuento, con el pecho henchido y con una risa nerviosa, sobre
el evento. Por su parte, él muy mesurado y en voz tenue, primero me felicita,
luego me suelta una de las declaraciones más importantes en mi vida, no lo supe
ni dimensioné en ese momento, solo lo escuché. “no me gustan mucho ellos, Los Jaivas, prefiero otro grupo: “Scwenke
& Nilo”. Me llevó a su auto y puso el cassette, sonaba “Islas del Sur”,
fue un enamoramiento ese sonido, me llegó hasta los huesos, la letra, la
melodía suave, desgarrada, sincera y de una simpleza que me conmovió como
cuando escuché por primera vez “Testamento” de Silvio Rodríguez. Quedé,
simplemente, sorprendido. El paso sublime de esa jornada, fue que él “Profe”
ofreció prestarme su cassette. Lo tomé como tesoro, como si en el me pasara
parte de su vida, era un “cassette
pirata” de noventa minutos que contenía las mejores canciones, a juicio del “Profe”,
del grupo. Lo agradecí, mientras lo metía en mi bolsillo. Sinceramente no tenía
idea de lo que me encontraría en esa pieza, solo lo tomé, porque tenía la
necesidad de aprender de la revolución. Mientras escuchamos la canción, él me
explicaba que trataba de los palafitos de Chiloé, que los vemos como postales y
los extranjeros los fotografían, como verdaderas joyas, no obstante, se
desconocía la miseria, el hambre, las injusticas, la inequidad en la que vivían
esas gentes. Fue un relato conmovedor, escuchaba atentamente cada una de las
cosas que me contaba. Quería llegar a casa para descubrir por mí, todo lo demás
que pudiese contener esa joya que tenia en mis manos.
Con
ese material pasé gran parte del resto de jornada escolar, lo comenté con “él Negro”,
era obvio, éramos “compañeros” y este tipo de acontecimientos los compartíamos.
Además, era parte del sentir revolucionario de nuestros días.
Al
llegar a casa, y luego del rito habitual de compartir la comida del día con mi
familia, me fui a mi habitación a poner atención a la pieza que tenia en mis
manos, y en la cual puse muchas expectativas. Lo típico, la vieja radio, ese
instrumento que se convirtió para mi generación, la del 90, en el transmisor y
receptor de nuestras quejas, dudas, aspiraciones, ambigüedades, sueños rotos,
amores frustrados, desesperaciones, desahogos, y quizás cuantas cosas más.
El
cassette, pirata por lo demás, no cumplió mis expectativas, las superó y con
creces. Necesitaba salir del charango, la quena, la flauta y esas cosas que por
ese entonces me tenían ciertamente saturado, se habían puesto demasiado
monótonos, por eso Silvio se convirtió en mi escape.
Schwenke
& Nilo me entregó esa magia que buscaba, ese cantar, no solo, única y
exclusivamente político, en contra de un Tirano, (que por ese entonces aún
gozaba de poder) buscaba alguien que cantara el sentir de la población, que nos
representara a quienes no vivimos los embates fríos y duros de la Dictadura,
pero que de todas maneras éramos desplazados, que las injusticias del modelo
nos tenían en la periferia, (no de pensamiento como me he asumido hoy)conviví
con niños/as que salían a pedir un poco de azúcar para el té, mientras sus
padres se emborrachaban como cerdos, a mi casa muchas veces, esos mismos/as
niños/as golpearon la puerta a altas horas de la noche buscando refugio, porque
su Padre azotaba a su Madre, por el solo y simple hecho del abuso de poder. Supe de marginalidad, de
tener que ser apuntado con el dedo por vivir en un determinado sector, aunque
jamás robe ni siquiera un dulce, claro que muchos de mis vecinos lo hacían, por
necesidad muchos de ellos, otros tanto, por simple flojera.
Quería
que los músicos también se fijaran en nosotros, en quienes no sabíamos de
torturas, pero que las rechazábamos, que existíamos una generación nueva, que
producto del silencio de años, esos mismos que fueron callados a punta de
balas, nos hacían callar, lo peor, nos invisibiliazaban.
Esa
tarde la pasé escuchando el cassette. Me enamoré, sentía que cada letra tenia
un sentido, que esa realidad era más cercana que las imágenes de la Dictadura,
que mis amigos tenían que comer a diario “Sopas de Margaritas”, que en mi
Población no venían los Políticos, en mis calles cada día en mi caminar veía
“niños aspirando pegamentos”. Tenía la certeza que los siete de cada diez
niños/as de los datos de la UNICEF estaban en mis calles, que eran vecinos
míos, que jugábamos, que dejábamos pasar el tiempo para olvidarnos desde
nuestras inocencias del calvario que significaba que llegará la noche, la que
para ellos/as era mas oscura que la del resto, tenían que convivir a diario con
golpes, malos tratos, oler el vino sin siquiera haberlo probado jamás, aspirar
el humo del tabaco, dormir de a tres o más, en una cama. Pero, seguíamos siendo
olvidados, no importábamos, que la magia del arcoíris jamás la vimos, seguíamos
siendo relegados, estábamos en la periferia social, fuera de los mapas, a no
ser que fuera para ir a tirar limosnas, para representar la humillación
mediante filantropía y con eso ganar votos, nuestras paredes estaban rayadas
con frases contra el Dictador, al lado de un afiche para algún Candidato,
insisto: seguíamos siendo relegados, humillados por el olvido.
Esa
realidad Schwenke & Nilo las cantaba, tal vez, eran menos tomados en cuenta
que nosotros, pero, para mí era importante saber que alguien más las veía, es
más, se daba el trabajo de componerle música a esa miseria, tenía esa necesidad
de sacar mi realidad a la calle, que dejaran de invisibilizar nuestras
precariedades.
Estábamos
lejos de haber vivido las luchas de los ochenta, nunca fuimos apuntados con una
pistola,por un policia al menos, no conocíamos de Dictadura, ni represión, pero créanme, que lo que
vivíamos a diarios era tan cruel, o peor. Por el solo hecho de ser niños/as
soportando una realidad que no habíamos construido, mucho menos, esperado.
Cada
uno de esos Golpes me fue poniendo más duro, solitario, irreverente, empecé a
buscar una manera de revelarme contra toda esa mierda, sabía que tenía la
oportunidad de mostrar que a pesar de ser los humillados con el lastre del
olvido, de ser pisoteados con la filantropía, tenía la rabia como herramienta
para revertir esa situación.
La
noche de ese día me pilló escribiendo cada una de las canciones del cassette,
agarré hojas en blanco de otros cuadernos, y me hice mi propio cancionero.
Adopté cada una de sus letras como mías, fueron, a partir de ese día y hasta
entonces, mi lucha, mi verdad, mi realidad.
Las
casas de mi población sufrían con el invierno, se mojaban enteras, el frio calaba
los huesos, el té escaseaba, el vino sobraba, el barro encementaba de las
calles. Tuvimos que soportar toda esa mierda: insisto: seguíamos siendo
relegados, humillados por el olvido.
Fue
larga esa noche, el apagar la luz, sólo fue para ocultar la rabia y la pena que
empezó apoderarse de mí. No tenía la suficiente capacidad, ni fortaleza, para
contárselo a mis Padres.
Los
días venideros tuvieron un nuevo sentido, había encontrado la banda sonora a
mis angustias, tenia en mis manos a quienes cantaban “mi realidad”, no dejó de
importarme los Detenidos/as Desaparecidos/as, eso nunca. Pero mi tema eran los
que teníamos que soportar el pago de la deuda social de esos oscuros y trágicos
años.
El
arcoíris no iluminó mis calles, no llego a mi casa, ni la vimos con mis amigos,
al contrario, estábamos igual, para ellos, la noche seguía siendo oscura, su
Padre no había cesado de golpear de vez en cuando a su madre, igual sentía
golpear la puerta de mi casa para pedir azúcar, eso costó mucho erradicar, creo
que nunca cambió. Solo lo normalizamos.
Crecí,
escuchando a Scwenke & Nilo, Santiago de Nuevo Extremo, Transporte Urbano,
ellos cantan “mi realidad” esa que podía ver, la que tenia que superar, esa
que quería mostrar a todos y hacer que nos rescataran. Al parecer, no grite lo
suficientemente fuerte, nunca me escucharon. El ciclo volvió, crecí, tomé la
Educación como mi Bandera, esa fue mi metralla, para defenderme de la
humillación de la soledad, mis amigos, sin embargo, quedaron al borde del
camino, muchos de ellos son ahora, los golpeadores, los que beben hasta perder
la conciencia, sus hijos/as tal vez, no salen a pedir el azúcar, el refugio, pero
sus noches siguen siendo tan oscuras como la de ellos.
Cuando supe del accidente de
Nelson Schwenke y la posterior, lamentable por cierto, muerte, créanme que
lloré, derramé más de una merecida lágrima, esa voz acompañó muchas de mis noches, mis angustias
estaban retratadas en varias de sus letras, sentía que la maldita muerte se
atravesaba por mi vida.
Resulta difícil poder explicar mediante estas letras la rabia,
angustia, pena, desolación y quizás cuantas más emociones, pasaron por mi
mente. Una parte de mi vida se fue, así es, literalmente, lo repito, Schwenke
& Nilo, canta mi realidad, esa en la que crecí y de la que quiero escapar.
Mi generación no supo de la tortura, de los/as muertos/as, masacrados/as
de manera brutal por un Tirano y sus secuaces. No obstante, sufrimos toda la
miseria posterior, necesitábamos ser escuchados: pero nunca sucedió. El
progreso se transformó en más y más dinero, acaparar bienes materiales…
El mejor resumen lo dicen Schwenke
& Nilo:
“La
televisión nos fue diciendo haga esto, lo otro o aquello, la radio nos fue
mintiendo mientras escondían muertos, nos fuimos quedando en silencio (…) Nos
olvidamos un día de amar, todo funcionaba en torno del metal, se nos fue
olvidando la experiencia se nos fue pudriendo la conciencia, nos fuimos
quedando en silencio, nos fuimos perdiendo en el tiempo”
Escribo esto como mi sincero homenaje,
a quien, musicalmente ha sido una de las personas más importantes en mi vida…
Donde quiera que viajes,
estarás cantando junto a Violeta, Víctor, Compay, Facundo, La
Negra, leyendo con Benedetti, Neruda,
bebiendo con Bukowski , creando ese mundo
con él Chicho, entre todos preparan la fonda donde llegaremos más tarde…
Aún hoy, a un mes de tu
muerte, termino de escribir esto y vuelvo a derramar una lágrima. Insisto: una parte mi vida se fue contigo, pero me quedó
tu ejemplo, tus ganas de cambiar esta puta mierda de
sociedad.
Literalmente… “mi cigarrillo
solo se ha consumido, sin poderlo fumar….
