domingo, 15 de julio de 2012

"Mi propio viaje" ... Un Homenaje al fallecido Nelson Schwenke...



                 El Liceo donde curse mi Enseñanza Media, era con “números”, no gozaba de buen prestigio en lo absoluto, era de los más antiguos de la zona y por el pasaron innumerables niños/as con ganas de cambiar la cara al destino, el 95% proveníamos de barrios marginales, jamás se escuchó hablar de algún alumno/a de excelencia o hijo/a ilustre, o condecorado/a dentro de la zona, claro que habían egresado varios/as alumnos/as que eran profesionales o tenían buenos puestos de trabajo en las empresas de la zona o emigraron a la Gran Capital, pero dentro de su palmares pareciera que no gozaba, como otros colegios, de haber tenido entre sus aulas algún/a prestigioso/a estudiante. Muchos/as otros/as eran simples obreros, otros tantos habían realizado un largo periplo por centros de detención de la zona, y quizás cuantos murieron en el intento de cambiar su lastre. En fin, era la composición de mi Liceo, en que cada cual tenía la obligación de cambiar la historia, si es que esto era considerado necesario. 
Estábamos en plena época del noventa, en medio del segundo Gobierno elegido democráticamente luego de diecisiete años de Dictadura feroz, si bien es cierto, viví esa época de represión, no fue de manera directa,  años más tarde me vine a dar cuenta de los horrores cometidos durante esos años, mis padres, por temor tal vez, jamás siendo pequeño me comentaron algo al respecto.
Convivíamos en mi Liceo tres grandes grupos diferenciados; “la masa” que gozaba con la “cultura de la cumbia sound” y todos los derivados de aquello, eran los que estaban a la vanguardia en esos tópicos, que incluían moda, televisión y todo lo que las bondades del sistema capitalista te podría ofrecer, sobre todo considerando la apertura económica que Chile vivía producto del pago de la deuda social, que inició la Concertación como una manera de paliar las injusticas cometidas; con ellos convivían “los thrasher” rockeros rudos empedernidos, en el uniforme se las arreglaban para mostrar alguna prenda negra, usualmente la mochila tenia calaveras, signos diabólicos, que evidenciaban su cercanía a ese oscuro mundo, usaban bototos del ejercito dados de baja, esto era en invierno y verano, no sé realmente si todos ellos vivían acorde a la música que escuchaban, pero sus aspecto de rudeza impecable, atemorizaba, al menos conmigo sucedía eso. Otro grupo, estaba conformado por los “Grunge” teniendo a Kurt Cobain como icono de rebeldía, hacia dos años que este había decidido quitarse la vida, quedando grabada esa proeza en la vida de muchos adolescentes que pretendían su rebeldía aparente, no diría que el solo hecho de su suicidio fue lo que catapultó al éxito a Cobain, sin embargo, es un elemento importante. La letra de sus canciones mostraban decepción, agobio, necesidad de romper con un modelo establecido, el uso de drogas lisérgicas, opiáceos y toda la gama de alucinógenos marcaron su paso por la vida, no fui muy adicto a su música, no obstante, esa rabia que aparentaba me fascinaba, al mismo tiempo que le temía, la veía desde lejos, como algo que me gustaría hacer, pero que dada mi formación personal estaba muy lejos de aquello. No me desagradaba escucharle, de hecho, lo hacía.
Aparte de estos tres grandes grupos empezamos hacernos espacio nosotros, “los altiplánicos”, como un compañero grunge un día nos dijo, fue cómico.
 Tuve un gran compañero de curso, que había vivido en carne propia las injusticias de la Dictadura. Su Padre, que tuve la oportunidad de conocer muy bien, y dos de sus hermanos fueron detenidos y torturados durante 3 meses en “Tejas Verdes”. Con él “Negro Riquelme” tuve la oportunidad de acercarme a un estilo de música que fuese de mi agrado, lejos de las guitarras enrabiadas del grunge, o la voz gutural del thrasher, el teclado insoportable de las cumbias, necesitaba escuchar un sonido que me agradará, mediante el cual sus exponentes expresaran esa rabia con el sistema que pensaba. En ese tiempo, Inti-Illimani, Sol y Lluvia, Illapu, Quilapayun eran los referentes marcados en tanto agrupaciones, Víctor Jara, Violeta, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, los estandartes de la Trova, sus letras nos llamaban a la insurrección constante, además, asumí de inmediato un sentido de pertenencia con todos ellos, sus letras, además, cantaban desde la la clase obrera, de los pobres, a la cual adscribía absolutamente. En ese entonces, “Adiós Carnaval”, “la Muralla”, “Vuelvo”, “Samba-Landó”, “El Cigarrito”, “Volver a los 17”, “La era pariendo”, “Pisaré las calles nuevamente” se convirtieron en perfectos himnos de rebeldía, de rabia, eran el bastión de lucha, la banda sonora de nuestros días, cantábamos cada canción con un desgarro tremendo, como si desde nuestra inocente mirada estuviésemos gritando al mundo y al Tirano, que estábamos vivos, que éramos los/as hijos/as de los torturados/as, (no era mi caso, pero tenia una clara identificación con ellos) los que reclamábamos justicia, que no los dejaríamos dormir ningún instante sin recordarles que masacraron a nuestro pueblo, que nos humillaron, pero que de esa miseria nos levantamos para hacer un Chile más justo y equitativo, abrazamos esas banderas de lucha como nuestras, sin tener la real certeza de lo que realmente queríamos, pero, el solo hecho de pensarlo nos hizo dichosos.
A la música se fueron sumando otros elementos indispensables, como  literatura, llegó  a mis manos cada cosa “revolucionaria”, que devoraba como un indigente un plato de comida después de varios días sin comer, agudicé mis posturas, veía al mundo como una mierda, a los ricos como enemigos, a los pobres como hermanos. Creo que el cambio fundamental lo realicé cuando leí por primera vez a Nicanor Parra, “Poemas para combatir la calvicie” compilación del Poeta Peruano Julio Ortega, ese libro fue el inicio de un periplo por las obras del anti-poeta, que hasta ahora no termina, amé cada una de sus letras, su irreverencia, su marginalidad, su inteligencia, su ironía, pasábamos, con él Negro Riquelme, largas horas conversando sobre música y Parra.
 En realidad, hacíamos análisis de su obra sin tener un conocimiento acabado de la misma, pero, Parra no se enojaría jamás por eso, de hecho, escribía con ese propósito, nos creíamos intelectuales, e imitábamos las costumbres de los “viejos comunistas”, tomábamos mate, café, y nos sentábamos de piernas cruzadas en alguna banca del Liceo, usábamos chalecos de lana, morrales y cualquier adminiculo que evidenciara lo que era nuestra marginalidad asumida.
En los pasillos del Liceo, mirábamos al resto de nuestros compañeros/as, como gozaban y reían con lo poco que tenían, comentaban los acontecimientos del día, los partidos de fútbol, y quizás cuantas cosas más.
Hicimos una buena dupla con “él Negro”. Hasta el día de hoy, de pronto, acordamos alguna junta y nos bebemos algunas botellas de cervezas y volvemos, cada vez, a recordar esa época.
En ese constante descubrir, propio de la vida de un adolescente, se fueron sumando cada vez más elementos, más literatura, otra música, sin embargo, éramos siempre, él Negro y yo.
Una vez, la Profesora de Educación Física no hizo clases, nos fue avisar él Inspector del Liceo, que ella asumía nuevas funciones en la Dirección del Establecimiento, a partir de lo cual se estaba esperando la contratación de un/a nuevo/a Docente, cosa no muy relevante para nosotros/as, puesto que en ese ramo lo único que hacíamos eran ejercicios y corríamos alrededor del Liceo, tal vez, lo hacían como una manera de agotar nuestras fuerzas, todos/as aprobábamos con excelentes notas ese ramo, no tenia un peso relativo en nuestro desempeño, es más, muchos/as se conseguían certificados para eximirse. Por ese día no tuvimos clases, quedamos libres, y empezamos a deambular por el patio de Liceo. Cada cual repetía las rutinas de recreo, esta vez con algo más de tiempo, eran dos horas pedagógicas las que teníamos de plena libertad, podíamos pasearnos sin que los Inspectores nos enviaran a la sala, previa notificación en el libro de clases. Fuimos libres, al menos por ese instantes, recuerdo que esa vez con él Negro, conseguimos una guitarra, él tocaba, yo apenas podía cantar, pasamos toda esa hora tratando de entonar los clásicos de la fogatas.

Sui Generis se sumaba a la parilla musical en ese entonces, con lo depresiva de sus letras, sumando a la insurrección constantes de los demás artistas que escuchábamos, pasábamos por un péndulo interesante, tal vez, éramos conscientes hasta cierto punto de lo que buscábamos, no obstante, gozábamos cada una de las entonaciones que hacíamos. Éramos rebeldes, hippies modernos, niños intentando o creyéndonos revolucionarios. Un juego formidable.
En eso pasábamos nuestros días de estudiantes. Con él Negro teníamos buenas notas, gozábamos de prestigio dentro del curso, nos gustaba estudiar, en ambos, nuestros Padres nos enseñaron que la Educación era el único vehículo de movilidad social, y la herramienta fundamental desde la cual nos debíamos validar, por tanto, teníamos que empezaren alguna instancia.
Pasaban los días y nosotros crecíamos más, nos hacíamos más revolucionarios, o eso creíamos.
Llegó la semana siguiente donde nuevamente teníamos la clase de Educación Física, habíamos planificado todo un evento, puesto que pensábamos que no tendríamos clases, sin embargo, estas ideas se vieron truncadas, había llegado él nuevo Profesor, y debíamos ponernos bajo sus ordenes. Con desgano lo asumimos, a esa altura encontrábamos innecesaria la clase, no queríamos destacar como deportistas, por el contrario, nos creíamos intelectuales de las letras: que imaginación la nuestra!!!
Siguieron pasando los meses y nosotros crecíamos, estudiábamos, conversábamos, discutíamos, leíamos mucho, las clases de castellano eran mis favoritas, en matemáticas me iba excelente, las ciencias eran algo que nunca me gustaron, sin embargo, cumplía con el esmero acostumbrado. 
De mi parte me fui sumiendo de manera lenta y progresiva en la música de Silvio Rodríguez, lo escuchaba cada vez más, hacia mía cada una de sus canciones, a tal punto que pasaron varios meses en que no escuchaba nada más, leía sus letras, buscaba cada cosa referente a él, analizaba, desde mi corta experiencia, cada una de sus metáforas, con mis mesadas compraba sus cassettes, sin saber tocar guitarra, tenia varios cancioneros, que llevaba en mi morral, por si hacia necesario.

Así, lleno de cosas, de mundos que compartir, de ambigüedades desconocidas, aspiraciones de salir de la miseria, de sueños, de utopías, con esos elementos transcurrían mis días de estudiante.
Las clases de Educación Física tomaron un ribete diferente, él asumido Profesor, no era el típico que acostumbramos a tener en esa asignatura, era un tipo joven, con un aspecto deportista, gozaba de buena fama entre mis compañeras, vestía siempre ropa ligera, buzo y zapatillas, (claro, correspondía)  pero, su diferencia no era eso. Pasaba gran parte de la clase conversando con nosotros, nos contaba algunas de sus historias, quizás muchas de ellas fueron ciertas, otras tantas les pasaron a otros, sin embargo, las contaba como propias y nosotros las asumíamos como tal.
Con él Negro pasamos a ser habituales contertulios con el “Profe”, él tipo fue ex alumno de nuestro Liceo, muchos de los Profesores, que ahora son sus colegas, lo habían tenido como alumno. Era, para mí, algo interesante. Lo veía como un buen tipo, hasta ese punto un gran referente, que no había encontrado en otros/as Docentes. Nos contaba historias en los recreos, nos fuimos dando cuenta que no solo con nosotros conversaba, continuamente se le veía en el patio del Liceo con grupos de alumnos, usualmente, con los más desordenados. Estos le tenían respeto y jamás se vio que se sobrepasaran con él. Con el tiempo fuimos conociendo más del “Profe”, había sido un futbolista amateur connotado, seleccionado nacional, jugó con varios referentes, que en  ese entonces, estaban en el fútbol profesional. Más tarde se hizo cargo de la Selección del Liceo, con excelentes resultados, formé parte de ese equipo, que salió Campeón invicto, ganando la final al Liceo Politécnico, rival por antonomasia. Fue una jornada épica.
Eran momentos de regocijo, crecimiento, angustias, alegrías, todas esas sensaciones y emociones se vivían de manera simultánea, éramos un torbellino de eventos que en nuestras vidas hacían que todo cambiara. Me gustaba eso, trataba de ir asimilando cada uno de estos eventos.
Pasaban y pasaban los días, aprendía cada vez más, de todo, materia de clases, música, poesía, de revolución, leía cada cosas que me llegaba, desechaba con propiedad todo lo que parecía inútil, absurdo. No tenía pergaminos para hacerlo, pero lo creía necesario.
 Una vez, en el patio de mi Liceo me encuentro al “Profe”, teníamos hora libre, por tanto, contaba con la libertad de pasearme sin que me dijeran algo. Lo aborde, con la confianza que creía tener después de tantas conversaciones. Por esos días estaba súper contento, porque había comprado mi entrada para ver en vivo a “Los Jaivas”, mi intención era comentárselo, si bien es cierto, no era un grupo que escuchara mucho, estaba en el ADN de la canción protesta, por tanto, merecía mi respeto, además, la emoción era que seria mi primer recital, compré la entrada y había conseguido el complejo permiso de mis Padres, todo eso significaba que para mí fuera un tremendo evento, me sentía en ese momento, más revolucionario, más rebelde, era un insurrecto, de texto tal vez, pero insurrecto al fin y al cabo. Me acerco, y le saludo. Luego le cuento, con el pecho henchido y con una risa nerviosa, sobre el evento. Por su parte, él muy mesurado y en voz tenue, primero me felicita, luego me suelta una de las declaraciones más importantes en mi vida, no lo supe ni dimensioné en ese momento, solo lo escuché. no me gustan mucho ellos, Los Jaivas, prefiero otro grupo: “Scwenke & Nilo”. Me llevó a su auto y puso el cassette, sonaba “Islas del Sur”, fue un enamoramiento ese sonido, me llegó hasta los huesos, la letra, la melodía suave, desgarrada, sincera y de una simpleza que me conmovió como cuando escuché por primera vez “Testamento” de Silvio Rodríguez. Quedé, simplemente, sorprendido. El paso sublime de esa jornada, fue que él “Profe” ofreció prestarme su cassette. Lo tomé como tesoro, como si en el me pasara parte de su vida, era un  “cassette pirata” de noventa minutos que contenía las mejores canciones, a juicio del “Profe”, del grupo. Lo agradecí, mientras lo metía en mi bolsillo. Sinceramente no tenía idea de lo que me encontraría en esa pieza, solo lo tomé, porque tenía la necesidad de aprender de la revolución. Mientras escuchamos la canción, él me explicaba que trataba de los palafitos de Chiloé, que los vemos como postales y los extranjeros los fotografían, como verdaderas joyas, no obstante, se desconocía la miseria, el hambre, las injusticas, la inequidad en la que vivían esas gentes. Fue un relato conmovedor, escuchaba atentamente cada una de las cosas que me contaba. Quería llegar a casa para descubrir por mí, todo lo demás que pudiese contener esa joya que tenia en mis manos.
Con ese material pasé gran parte del resto de jornada escolar, lo comenté con “él Negro”, era obvio, éramos “compañeros” y este tipo de acontecimientos los compartíamos. Además, era parte del sentir revolucionario de nuestros días.
Al llegar a casa, y luego del rito habitual de compartir la comida del día con mi familia, me fui a mi habitación a poner atención a la pieza que tenia en mis manos, y en la cual puse muchas expectativas. Lo típico, la vieja radio, ese instrumento que se convirtió para mi generación, la del 90, en el transmisor y receptor de nuestras quejas, dudas, aspiraciones, ambigüedades, sueños rotos, amores frustrados, desesperaciones, desahogos, y quizás cuantas cosas más.
El cassette, pirata por lo demás, no cumplió mis expectativas, las superó y con creces. Necesitaba salir del charango, la quena, la flauta y esas cosas que por ese entonces me tenían ciertamente saturado, se habían puesto demasiado monótonos, por eso Silvio se convirtió en mi escape.
Schwenke & Nilo me entregó esa magia que buscaba, ese cantar, no solo, única y exclusivamente político, en contra de un Tirano, (que por ese entonces aún gozaba de poder) buscaba alguien que cantara el sentir de la población, que nos representara a quienes no vivimos los embates fríos y duros de la Dictadura, pero que de todas maneras éramos desplazados, que las injusticias del modelo nos tenían en la periferia, (no de pensamiento como me he asumido hoy)conviví con niños/as que salían a pedir un poco de azúcar para el té, mientras sus padres se emborrachaban como cerdos, a mi casa muchas veces, esos mismos/as niños/as golpearon la puerta a altas horas de la noche buscando refugio, porque su Padre azotaba a su Madre, por el solo y simple hecho del  abuso de poder. Supe de marginalidad, de tener que ser apuntado con el dedo por vivir en un determinado sector, aunque jamás robe ni siquiera un dulce, claro que muchos de mis vecinos lo hacían, por necesidad muchos de ellos, otros tanto, por simple flojera.
Quería que los músicos también se fijaran en nosotros, en quienes no sabíamos de torturas, pero que las rechazábamos, que existíamos una generación nueva, que producto del silencio de años, esos mismos que fueron callados a punta de balas, nos hacían callar, lo peor, nos invisibiliazaban.
Esa tarde la pasé escuchando el cassette. Me enamoré, sentía que cada letra tenia un sentido, que esa realidad era más cercana que las imágenes de la Dictadura, que mis amigos tenían que comer a diario “Sopas de Margaritas”, que en mi Población no venían los Políticos, en mis calles cada día en mi caminar veía “niños aspirando pegamentos”. Tenía la certeza que los siete de cada diez niños/as de los datos de la UNICEF estaban en mis calles, que eran vecinos míos, que jugábamos, que dejábamos pasar el tiempo para olvidarnos desde nuestras inocencias del calvario que significaba que llegará la noche, la que para ellos/as era mas oscura que la del resto, tenían que convivir a diario con golpes, malos tratos, oler el vino sin siquiera haberlo probado jamás, aspirar el humo del tabaco, dormir de a tres o más, en una cama. Pero, seguíamos siendo olvidados, no importábamos, que la magia del arcoíris jamás la vimos, seguíamos siendo relegados, estábamos en la periferia social, fuera de los mapas, a no ser que fuera para ir a tirar limosnas, para representar la humillación mediante filantropía y con eso ganar votos, nuestras paredes estaban rayadas con frases contra el Dictador, al lado de un afiche para algún Candidato, insisto: seguíamos siendo relegados, humillados por el olvido.
Esa realidad Schwenke & Nilo las cantaba, tal vez, eran menos tomados en cuenta que nosotros, pero, para mí era importante saber que alguien más las veía, es más, se daba el trabajo de componerle música a esa miseria, tenía esa necesidad de sacar mi realidad a la calle, que dejaran de invisibilizar nuestras precariedades.
Estábamos lejos de haber vivido las luchas de los ochenta, nunca fuimos apuntados con una pistola,por un policia al menos, no conocíamos de Dictadura, ni represión, pero créanme, que lo que vivíamos a diarios era tan cruel, o peor. Por el solo hecho de ser niños/as soportando una realidad que no habíamos construido, mucho menos, esperado.
Cada uno de esos Golpes me fue poniendo más duro, solitario, irreverente, empecé a buscar una manera de revelarme contra toda esa mierda, sabía que tenía la oportunidad de mostrar que a pesar de ser los humillados con el lastre del olvido, de ser pisoteados con la filantropía, tenía la rabia como herramienta para revertir esa situación.
La noche de ese día me pilló escribiendo cada una de las canciones del cassette, agarré hojas en blanco de otros cuadernos, y me hice mi propio cancionero. Adopté cada una de sus letras como mías, fueron, a partir de ese día y hasta entonces, mi lucha, mi verdad, mi realidad.
Las casas de mi población sufrían con el invierno, se mojaban enteras, el frio calaba los huesos, el té escaseaba, el vino sobraba, el barro encementaba de las calles. Tuvimos que soportar toda esa mierda: insisto: seguíamos siendo relegados, humillados por el olvido.
Fue larga esa noche, el apagar la luz, sólo fue para ocultar la rabia y la pena que empezó apoderarse de mí. No tenía la suficiente capacidad, ni fortaleza, para contárselo a mis Padres.
Los días venideros tuvieron un nuevo sentido, había encontrado la banda sonora a mis angustias, tenia en mis manos a quienes cantaban “mi realidad”, no dejó de importarme los Detenidos/as Desaparecidos/as, eso nunca. Pero mi tema eran los que teníamos que soportar el pago de la deuda social de esos oscuros y trágicos años.
El arcoíris no iluminó mis calles, no llego a mi casa, ni la vimos con mis amigos, al contrario, estábamos igual, para ellos, la noche seguía siendo oscura, su Padre no había cesado de golpear de vez en cuando a su madre, igual sentía golpear la puerta de mi casa para pedir azúcar, eso costó mucho erradicar, creo que nunca cambió. Solo lo normalizamos.
Crecí, escuchando a Scwenke & Nilo, Santiago de Nuevo Extremo, Transporte Urbano, ellos cantan “mi realidad” esa que podía ver, la que tenia que superar, esa que quería mostrar a todos y hacer que nos rescataran. Al parecer, no grite lo suficientemente fuerte, nunca me escucharon. El ciclo volvió, crecí, tomé la Educación como mi Bandera, esa fue mi metralla, para defenderme de la humillación de la soledad, mis amigos, sin embargo, quedaron al borde del camino, muchos de ellos son ahora, los golpeadores, los que beben hasta perder la conciencia, sus hijos/as tal vez, no salen a pedir el azúcar, el refugio, pero sus noches siguen siendo tan oscuras como la de ellos.
 
Cuando supe del accidente de Nelson Schwenke y la posterior, lamentable por cierto, muerte, créanme que lloré, derramé más de una merecida lágrima, esa voz  acompañó muchas de mis noches, mis angustias estaban retratadas en varias de sus letras, sentía que la maldita muerte se atravesaba por mi vida.
Resulta difícil  poder explicar mediante estas letras la rabia, angustia, pena, desolación y quizás cuantas más emociones, pasaron por mi mente. Una parte de mi vida se fue, así es, literalmente, lo repito, Schwenke & Nilo, canta mi realidad, esa en la que crecí y de la que quiero escapar.
Mi generación  no supo de la tortura, de los/as muertos/as, masacrados/as de manera brutal por un Tirano y sus secuaces. No obstante, sufrimos toda la miseria posterior, necesitábamos ser escuchados: pero nunca sucedió. El progreso se transformó en más y más dinero, acaparar bienes materiales…
El mejor resumen lo dicen Schwenke & Nilo:
“La televisión nos fue diciendo haga esto, lo otro o aquello, la radio nos fue mintiendo mientras escondían muertos, nos fuimos quedando en silencio (…) Nos olvidamos un día de amar, todo funcionaba en torno del metal, se nos fue olvidando la experiencia se nos fue pudriendo la conciencia, nos fuimos quedando en silencio, nos fuimos perdiendo en el tiempo”
Escribo esto como mi sincero homenaje, a quien, musicalmente ha sido una de las personas más  importantes en mi vida…
Donde quiera que viajes, estarás cantando junto a Violeta, Víctor, Compay,  Facundo, La  Negra, leyendo con  Benedetti, Neruda, bebiendo con Bukowski , creando ese mundo  con él Chicho, entre todos preparan la fonda donde llegaremos más tarde…
Aún hoy, a un mes de tu muerte, termino  de escribir esto  y vuelvo a derramar una lágrima. Insisto: una  parte mi vida se fue contigo,  pero me quedó  tu  ejemplo, tus ganas de  cambiar esta puta  mierda de  sociedad.
Literalmente… “mi cigarrillo solo se ha consumido, sin  poderlo fumar….

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